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Década final del reinado de Carlos III (mil setecientos setenta y nueve-mil setecientos ochenta y ocho)

Francisco Cabarrús, por Francisco de Goya.

La iniciativa de crear los vales reales fue del banquero ilustrado Francisco Cabarrús como una medida de urgencia para hacer frente al grave déficit de la Hacienda Real de Carlos III, con ocasión de la intervención de España en la guerra de independencia de Norteamérica y el consecuente enfrentamiento bélico con G. Bretaña (mil setecientos setenta y nueve-mil setecientos ochenta y tres). Los vales reales eran al unísono títulos de la deuda, que ofrecían un cuatro por ciento de interés anual con un plazo de amortización de veinte años, y que además de esto tenían el valor de papel moneda si bien limitado, puesto que los mercaderes podían negarse a admitirlos como forma de pago y las tesorerías no podían abonar con ellos ni salarios ni pensiones.


Cuando en mil setecientos ochenta y tres se firmó el tratado que puso fin a la guerra de Norteamérica los intereses anuales de la deuda emitida a través de vales ascendían a dieciocho millones de reales. Para hacer en frente de los pagos de los intereses y a las amortizaciones no se creó ningún fondo singular con lo que se recurría solamente a los ingresos provenientes de los impuestos ordinarios para hacerlos efectivos.


Reinado de Carlos IV (mil setecientos ochenta y ocho-mil ochocientos ocho)

Desamortización de Godoy

Bajo el reinado de Carlos IV la Monarquía se vio envuelta en una serie continuada de guerras que terminaron provocando un déficit agobiante. La primera de ellas, la Guerra de la Convención (mil setecientos noventa y tres-mil setecientos noventa y cinco), ya generó un enorme déficit —de dos.767 millones de reales— que no logró reducirse a través de los subsidios que se demandaron a todos y cada uno de los pueblos ni con los óbolos y adelantos de la Iglesia. Conque se recurrió a nuevas emisiones de vales reales que se acrecentaron cuando reventó la primera guerra con Inglaterra (mil setecientos noventa y siete-mil ochocientos dos) y cuyas consecuencias económicas y hacendísticas fueron mucho peores que las de la Guerra de la Convención —el déficit aumentó en un cuarenta por ciento —. Resumiendo, entre mil setecientos noventa y cuatro y mil setecientos noventa y nueve se efectuaron emisiones por valor de tres.150 millones de reales, lo que provocó la devaluación de los emitidos.


El Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda Miguel Cayetano Soler creó en el mes de febrero de mil setecientos noventa y ocho una Caja de Amortización —«enteramente separada de mi Tesorería mayor», se afirmaba en la real cédula— cuyos ingresos se destinarían a hacer frente al pago de los vales que vencían y de los intereses de exactamente los mismos. Además de esto la Caja de Amortización sería la oficina donde se contabilizaría la deuda y donde podrían subrogarse vales por otros de emisión más reciente. El inconveniente radicaba en localizar los ingresos para la Caja de Amortización. Poco tras crearse esta se generaba la caída de Manuel Godoy con lo que fue el nuevo gobierno de Mariano Luis de Urquijo el que debió abordar la práctica ruina de la Hacienda Real.


Urquijo, que sostuvo en la Segregaría de Hacienda a Soler, recurrió a una medida extraordinaria: la apropiación por el Estado de determinados recursos "amortizados", su siguiente venta y la asignación del importe al pago de la deuda mediante la Caja de Amortización. Lo paradójico fue que esta primera desamortización de España fue famosa, sin demasiado fundamento, como la "desamortización de Godoy". No obstante, estas medidas no lograron solucionar el inconveniente y la deuda amontonada en mil ochocientos ocho alcanzaba ya los siete.000 millones de reales, de los que mil ochocientos noventa millones estaban en vales, conforme la estimación del Secretario de Hacienda interino de las Cortes de CádizJosé Canga Argüelles.


Las Cortes de Cádiz (mil ochocientos diez-mil ochocientos catorce)

José Canga Argüelles retratado por José Cabana.Desamortización española

Después del intenso discute que tuvo lugar en el mes de marzo de mil ochocientos once, los miembros del Congreso de los Diputados de las Cortes de Cádiz decidieron aceptar la gran deuda amontonada a lo largo del reinado de Carlos IV y no declararse en ruina. Tras rehusar que los vales reales solo fuesen reconocidos por su valor en el mercado, muy bajo su valor nominal —lo que hubiese supuesto la ruina de sus detentadores y la imposibilidad de conseguir nuevos créditos—, se aprobó la «Memoria» presentada por Canga Argüelles que planteaba desamortizar ciertos recursos de "manos fallecidas" que se pondrían en venta. En las subastas el importe de los 2 tercios del coste de remate debía pagarse en "títulos de la deuda nacional" —lo que incluía los vales reales del reinado precedente y los nuevos "billetes de crédito liquidados" que se habían emitido desde mil ochocientos ocho para costear los gastos de la Guerra de la Independencia Española—. Esta propuesta quedó plasmada en el decreto de trece de septiembre de mil ochocientos trece, no obstante el decreto "apenas pudo aplicarse debido al inmediato retorno de Fernando VII y del Estado absoluto".


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