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Hay un interés que se consigue por el dinero o bien el género, en un préstamo o bien un contrato de acuerdo mutuo. Este término no tiene mayor significado desde el punto de vista económico, puesto que se establece que el costo del ahorro se fija conforme a las fuerzas concurrentes al mercado, como el de cualquier otro bien o bien servicio.


El término de «usura» lleva tácita la convicción de que hay un «precio justo o bien razonable para el ahorro», independientemente de las condiciones de oferta y de demanda, lo que ha llevado a que ciertos gobiernos fijen, arbitrariamente, tipos máximos de interés, con el presunto propósito de resguardar a los prestatarios, mas con el efecto práctico de crear mercados paralelos para los préstamos y créditos.


Otra corriente de pensamiento estima que debe haber un costo justo y razonable en el momento de fijar el género de interés y, en consecuencia, no pueden ser ciertos únicamente en función de la oferta y demanda. Sobre esta teoría los gobiernos de ciertos países han establecido un límite máximo que se conoce con el nombre de «tasa de usura».


Dentro de esta corriente de pensamiento hallamos la definición que da, en España, la Ley de la Opresión de la Usura, del veintitres de junio de mil novecientos ocho, conocida popularmente (todavía el día de hoy) como ley Azcárate, que declara nulo «todo contrato de préstamo en que se establezca un interés desmedido con las circunstancias del caso», interpretación confirmada por el Tribunal Supremo en 2 sentencias.


No obstante, conforme la cultura y la época de que se trate, la usura tiene diferentes significados y consideraciones.Desde hace miles y miles de años, las diferentes religiones se han ocupado de esta práctica, por lo general con grandes críticas cara exactamente la misma.


Antigua India


La primera referencia relativa a la usura puede encontrarse en el Rig-veda (el texto más viejo de la India, de mediados del II milenio antes de Cristo) donde se llama bekana?a a cualquier prestamista a cambio de interés.


En los Sutras (textos hinduistas del trescientos a. de C. al trescientos después de Cristo) y en los Yatakasbudistas (entre el seiscientos y el cuatrocientos a. de C.) aparecen rebosantes referencias al pago de interés, mostrando menosprecio con esta práctica. Un conocido legislador de la temporada, Vásishtha, dictó una ley prohibiendo a las castas superiores (bráhmanas y kshatrias) prestar a interés.


Con el correr del tiempo, el término usura como era entendido en un inicio pierde una parte de su valor, como se expresa Leyes de Manu (c. doscientos antes de Cristo): «No se puede cobrar un interés estipulado alén de la tasa legal: lo llaman una forma usuraria de préstamo». El término fue evolucionando hasta la actualidad, y si bien de entrada fue condenada, la usura solo se refiere al interés cobrado por sobre los niveles socialmente admitidos, dejando tanto de ser prohibido como condenado.


Mundo occidental antiguo


Son abundantes los pensadores de Occidente que condenaron la usura, entre aquéllos que cabe refererir a Platón, Aristóteles, Catón, Cicerón, Séneca y Plutarco.


Las reformas legales de la República romana (Lex Genucia, del trescientos cuarenta a. de C.) prohíben la usura y el interés, si bien su práctica era corriente en el periodo final de la República. Bajo Julio César —época en la que el número de deudores llegó a ser realmente alto— se impuso un tipo máximo del doce por ciento , tasa que en tiempos de Justiniano I bajó hasta una media de entre cuatro y ocho por ciento .


El cristianismo


La Iglesia católica ha condenado de forma tradicional el cobro de intereses, censurándolo con el nombre de «usura». San Buenaventura afirmaba que con el cobro de intereses se vendía el tiempo. Para ciertos escolásticos del Siglo de oro de España, usura es el costo cobrado en cualquier préstamo, puesto que comprendían que el dinero no era productivo y conforme con esta interpretación, todos y cada uno de los bancos practicaban la usura. La Iglesia cristiana tomó como causa propia la prohibición de los intereses, provocando un intenso discute que duró más de mil años. Se tomó como referencia tanto los decretos del Viejo testamento (Éxodo, XXII, 25; Levítico, XXV, treinta y cinco-37; Deuteronomio, XXIII, 20; Cántico XV) como una referencia a la usura en el Nuevo testamento (Lucas, VI, treinta y seis-treinta y ocho).


Con esta base, la Iglesia católica prohibió en el Concilio de Nicea I el cobro de intereses al clero, regla que entonces extendió al estado laico en el siglo V.


Bajo Carlomagno (Admonitio generalis, siglo VIII), la usura fue declarada delito. Este movimiento contra la usura ganó ímpetu a lo largo de la Alta Edad Media hasta el punto que, en mil trescientos once, el papa Clemente V prohibió plenamente la usura y declaró nula toda legislación secular a favor suyo. Las Cortes de Castilla reunidas en la urbe de Alcalá de Henares bajo el reinado de Alfonso XI prohíben esta práctica en mil trescientos cuarenta y ocho. Sin embargo, fueron apareciendo tanto vacíos en la ley como contradicciones en los razonamientos de la Iglesia, lo que provocó una lenta revisión de ideas en favor del cobro de intereses. El ascenso del protestantismo incidió con fuerza en el cambio, todavía cuando hay que resaltar que tanto Martín Lutero como Juan Calvino expresaron reservas sobre la práctica de la usura, sin por este motivo dejar de condenarla.


Algunos intelectuales en la más pura ortodoxia y dentro de la Iglesia Católica defendieron la legimitad del cobro de intereses.Muy comentada en su tiempo fue la obra De usuras y simonía (mil quinientos sesenta y nueve), en la que su autor, Martín de Azpilicueta justificaba la legimitad de los préstamos con interés. A resultas de todas y cada una estas influencias, conforme al teólogo Ruston, en torno a mil seiscientos veinte «la usura pasó desde ser una falta de respeto a la moralidad pública (que un gobierno cristiano hubiese debido eliminar), hasta materia de conciencia personal, y una nueva generación de moralistas cristianos redefinieron la usura como interés excesivo». Sin embargo, para ciertos escolásticos del Siglo de oro de España, usura prosigue siendo el coste cobrado en cualquier préstamo, en tanto que comprendían que el dinero no era productivo y conforme con esta interpretación, no habría banco que no practicase la usura.

Los desempeños de ahora, dibujo de Joaquín Moya, publicado en la gaceta satírica Gedeón el dieciseis de diciembre de mil novecientos cuatro.

De cualquier forma, las críticas prosiguen empapando aún el pensamiento de la iglesia. De esta forma, la Iglesia de Escocia declara en su informe sobre la moral de la inversión y la banca (mil novecientos ochenta y ocho): «Aceptamos que la práctica de cargar un interés por negocios y préstamos personales, no es, por sí solo, incompatible con la moral cristiana. Lo que es más bastante difícil de determinar es si el interés impuesto es justo o bien excesivo».


La vaguedad sigue, puesto que mientras que la encíclica Rerum Novarum (mil ochocientos noventa y uno) del papaLeón XIII habla de la «usura devoradora… un diablo condenado por la Iglesia mas de todas y cada una formas practicado de modo falso por hombres avarientos», en la encíclica Sollicitudo rei socialis (mil novecientos ochenta y siete) de Juan Pablo II, no aparece ninguna mención explícita a la usura, salvo por su referencia a la crisis de la deuda externa del Tercer Planeta.


Mahoma estableció la crítica de la usura, crítica reforzada por sus enseñanzas recogidas en el Corán, alrededor del año 600.La palabra original empleada es riba, referida de manera directa a los intereses sobre préstamos y que literalmente significa 'exceso o bien adición’. De este modo, los economistas islámicos Choudhury y Malik, conforme con el propio Corán, mantienen que la prohibición del interés en los tiempos del califa Omar era un principio bien establecido y también integrado al sistema económico del islam. Mas esta interpretación no fue ni universalmente aplicada ni universalmente admitida en el planeta islámico. Una escuela de pensamiento islámica que brota en el siglo XIX, dirigida por Sir Sayyed, mantiene una interpretación distinguida entre usura —que se refiere a los préstamos para el consumo— y el interés, que se refiere a los préstamos para inversión comercial.


En los tiempos modernos, en campos islámicos, se han desarrollado instituciones financieras que no cargan interés como, por servirnos de un ejemplo, en Van a ir, Pakistán, Arabia Saudí, el banco Dar-al-Mal-al-Islami (en Ginebra) y los bancos islámicos en E.U..


La crítica de la usura en el judaísmo tiene sus raíces en múltiples pasajes del Viejo Testamento, que aseveran que tomar a interés es prohibido, desanimado o bien menospreciado.


En hebreo, la palabra para interés es neshekh —aunque en el Levítico asimismo se empleaban tarbit y marbit (que significa literalmente 'mordida’)— y se piensa que refiere a la exacción de interés desde la perspectiva del deudor.En el Éxodo y el Levítico se aplica solamente a préstamos a los pobres y desvalidos. En el Deuteronomio la prohibición se extiende a todos y cada uno de los préstamos, excluyendo el trato comercial con «extranjeros».


El Talmud recoge múltiples extensiones de las prohibiciones del interés, conocidas como avak ribbit (literalmente 'el polvo del interés’), aplicado a determinado género de ventas, rentas o bien contratos de trabajo. Se distingue del rubbit kezuzah, tasa de interés conveniente acordada entre el prestamista y el prestatario.


A pesar de la prohibición, esta regla no semeja haber sido observada en tiempos bíblicos. Aparte de que en el Viejo Testamento se halla múltiples referencias a prestamistas que son inexorables en el cobro del interés, en el Papiro Elefantino figura que entre los judíos de Egipto del siglo V antes de Cristo se acepta que el interés sería cargado a los préstamos, lo que sugiere que el cobro de intereses no sería una violación de la ley, sino más bien como una trasgresión ética.


Con el tiempo se estableció un forma estándar de legalización del cobro de intereses, famosa como hetter iska, que se refiere al permiso para formar sociedades. Esto se ha hecho tan corriente que hoy día todas y cada una de las transacciones que incorporan el pago de intereses se hacen claramente conforme con la ley judía, sencillamente añadiendo al contrato las palabras al-pi hetter iskah.


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