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ıllı El crash de 1929 (wikinfo)

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Galbraith escribió el libro a lo largo de una pausa en la preparación de otro de sus primordiales trabajos, La sociedad opulenta, a solicitud de Arthur M. Schlesinger, Jr., maestro de Historia de la Universidad de Harvard.


El libro fue publicado por vez primera en mil novecientos cincuenta y cuatro, en el veinticinco aniversario del crac de mil novecientos veintinueve, cuando su recuerdo y también repercusión estaban aún muy presentes. Desde ese momento no ha dejado de ser reeditado. En la introducción a una reedición de los años noventa, el creador afirma:


En España, la obra fue publicada por vez primera por la Editorial Seix Barral en mil novecientos sesenta y cinco (bajo el título El crac del veintinueve, ISBN novecientos setenta y ocho-ochenta y cuatro-trescientos veintidos-ciento veintitres-tres). Más tarde fue reeditado en múltiples ocasiones por la Editorial Ariel, la última en dos mil siete (ISBN novecientos setenta y ocho-ochenta y cuatro-trescientos cuarenta y cuatro-cinco mil trescientos cincuenta y siete-nueve).


El crash de mil novecientos veintinueve se transformó pronto en una de las obras más vendidas de Galbraith. Sobre su trayectoria comercial, el creador comenta en exactamente la misma introducción anterior:


El libro está dedicado a Catherine Atwater Galbraith, su mujer a lo largo de sesenta y ocho años.


El libro se estructura en 9 episodios que prosiguen esencialmente un esquema cronológico.


Capítulo I: Ilusión, esperanza ilimitada y optimismo


Como primordial antecedente de la crisis bursátil, Galbraith ubica el increíble desarrollo del mercado inmobiliario en Florida (EE.UU.), singularmente, desde mil novecientos veinticinco. De este modo, Galbraith mienta la participación de Carlo Ponzi, conocido autor del esquema que lleva su nombre (un género de estafa económica piramidal) en la compra y venta de terrenos cerca de Jacksonville (Florida).


Galbraith extiende este panorama lleno de especuladores al terreno bursátil, avalado por los consecutivos récords de Wall Street en concepto de índices bursátiles (para lo que emplea el índice de The New York Times sobre veinticinco valores industriales, en vez del más frecuente Dow Jones) y de acciones intercambiadas en el mercado (en 1928: tres,9 millones de acciones el nueve de marzo; cinco,1 millones el doce de junio; seis con seis millones el dieciseis de noviembre).


Asimismo, el creador resalta como otro esencial factor de desequilibrio la utilización de las operaciones bursátiles a plazo con fianza, por las que un inversor puede pedir un crédito para adquirir acciones en la bolsa, depositando como garantía las propias acciones adquiridas. Estos créditos estaban sujetos a un interés entre el cinco y el doce por ciento (inferiores a las revalorizaciones frecuentes en la bolsa en esos años). Esto no solo hizo que muchos estadounidenses pidiesen créditos para elucubrar en bolsa, sino llevó a muchos ahorrativos (tanto particulares como empresas, nacionales y extranjeros) a ofrecer sus ahorros a las entidades de Wall Street con el único fin de financiar la especulación.


Capítulo II: ¿Era preciso hacer algo?


En este capítulo, Galbraith identifica las autoridades eficientes para hacer frente al colapso de la Bolsa de la ciudad de Nueva York, resaltando a la Presidencia de los EE.UU., la Segregaría del Tesoro, el Consejo de la Reserva Federal estadounidense, y el Banco de la Reserva Federal de la ciudad de Nueva York (este último por ser el más poderoso de los 12 bancos del sistema de la Reserva Federal, como el más próximo al epicentro de la burbuja). Además, examina por qué razón las medidas adoptadas fueron tan leves.


En primer sitio, resalta los próximos inconvenientes para contraer el tamaño de la burbuja bursátil:



  • La enorme complejidad de reducir una burbuja especulativa de forma ordenada.


  • La certidumbre por la parte de las autoridades monetarias de que, en el caso de detener la marea especulativa de manera intencionada, serían consideradas culpables de la crisis causada.


  • La mediocridad de los individuos responsables de tomar resoluciones a este respecto, comenzando por el Presidente de los EE.UU. en mil novecientos veintiocho, Calvin Coolidge, y siguiendo por su Secretario del Tesoro, Andrew W. Mellon.


  • La convicción de la propia Reserva Federal de la inutilidad de las medidas a su alcance, que eran esencialmente dos: las operaciones de mercado abierto y el género de redescuento. Sin embargo, Galbraith no comparte esta visión:


  • Finalmente, el hecho de que, en los primeros meses de mil novecientos veintinueve, el cincuenta por ciento de los fondos que financiaban la burbuja procedía ya de fuentes no bancarias, esto es, empresas y particulares (conforme avanzó el año, ese porcentaje prosiguió en incremento). La capacidad de repercusión de la Reserva Federal sobre estos recursos era aún más limitada.

Capítulo III: In Goldman, Sachs We Trust


Galbraith resalta de qué forma, para proseguirse incrementando el negocio bursátil, se generó en la década de mil novecientos veinte un proceso de concentración empresarial en EE.UU. Dada la excepcional demanda de títulos en los que invertir, las compañías se lanzaron a un proceso de consolidación que dejase acrecentar la oferta de valores.


Este proceso de concentración se generó entre compañías que pertenecían a exactamente las mismas ramas de la industria, mas que competían en diferentes zonas geográficas, con lo que no eran verdaderamente contendientes. De esta manera, se crearon bajo sistemas holding compañías a nivel nacional, singularmente en los campos de energía eléctrica, agua y gas. La sociedad matriz del holding tenía las acciones de las compañías filiales y ejercitaba el control. También, para proceder a la adquisición de nuevas sociedades filiales, emitía nuevos títulos, que iban a parar a los mercados de valores.


Paralelamente a la aparición de los holdings, se generó la expansión de los trusts de inversión mobiliaria, compañías que tenían carteras de valores mas no suponían la creación de nuevas empresas o bien la modificación de empresas existentes. Los trusts tenían una administración profesionalizada y diversificaban los valores de sus carteras entre múltiples empresas y ámbitos económicos, lo que dejaba reducir el peligro de las inversiones. Así, se transformaron, al limitado costo de una comisión de administración, en el vehículo ideal para los especuladores.


Capítulo IV: Crepúsculo de la ilusión


Muchos de los nuevos títulos creados no se negociaron en Wall Street, sino más bien en otras bolsas ubicadas a lo largo y ancho del país, lo que nuevamente contribuyó a extender la especulación a nivel nacional.


Por otro lado, Galbraith mantiene que ciertos miembros de la prensa estadounidense admitieron sobornos para propagar información conveniente sobre ciertos valores en negociación, a los que contrapone el comportamiento de otros medios que sostuvieron una conducta "responsable", caso de The New York Times.


En cuanto al tópico de que la enorme una parte de la población estadounidense participaba en aquellos instantes en la bolsa, Galbraith mantiene la opinión contraria. Además de apuntar un esencial incremento del número de mujeres que intervenían en el mercado, ubica la cantidad total de participantes en uno con cuatro millones de personas (sobre un total de ciento veinte millones de habitantes, lo que lanza apenas el 1 por ciento de la población del país), y el número de especuladores bajo el millón.


El mercado se transformó poco a poco más en un mercado en un corto plazo, en el que percibir información con el mínimo retraso se transformaba en un factor vital para sacar partido de las operaciones de compra y venta de títulos. A título de anécdota, Galbraith comenta de qué manera, en el mes de agosto de mil novecientos veintinueve (un par de meses ya antes del crac) ciertos navíos empezaron a añadir equipos de comunicación capaces para invertir, de tal modo que los pasajeros no continuaran extraños al mercado a lo largo de la travesía entre EE.UU. y Europa.


Capítulo V: El crash


Galbraith apunta que se generó una fase depresiva de la economía estadounidense en otoño de mil novecientos veintinueve, esto es, con un pequeño adelanto sobre el caiga bursátil. Sin embargo, brotó un extenso número de voces que descartaron la posibilidad de que la economía fuera a entrar en recesión.


La medida tuvo efecto y la especulación se sostuvo en el mercado. Los volúmenes de contratación continuaron elevados, como las emisiones de nuevos títulos. Septiembre y las primeras semanas de octubre trajeron días de caídas en las bolsas, mas asimismo de subidas.


Galbraith muestra ahora el que va a ser un factor clave en el pavor bursátil: el retraso del ticker (indicador telegráfico empleado en la temporada para trasmitir la información bursátil) en comunicar los resultados del día en jornadas de caída de los índices. En jornadas alcistas, un retraso en el ticker suponía sencillamente que el inversor conocía sus ganancias tras el cierre del mercado. No obstante, en el momento en que las dudas se instalan entre los inversores y se acepta la posibilidad de jornadas bajistas, el retraso del ticker puede traducirse en muy fuertes pérdidas, con lo que el efecto se amplifica.


Es sobresaliente el colapso bursátil que al día de el día de hoy se prosigue tomando como un modelo para inversores actuales.


El jueves veinticuatro de octubre se generó el Jueves Negro, primer día de pavor bursátil. La apertura de la sesión fue normal, con escasas alteraciones en los costes. Sin embargo, el volumen de contratación empezó a acrecentar, los costos a caer y el ticker a retrasarse.


A las 12 en punto se generó una asamblea de 6 de los primordiales banqueros de Wall Street. En la asamblea se decidió aportar al mercado los recursos precisos (cantidad estimada entre veinte y treinta millones de dólares estadounidenses) para mantener el mercado, como efectuar declaraciones que calmasen a los inversores. Estas medidas fueron eficaces, la confianza retornó y las cotizaciones se dispararon de nuevo en alza. El volumen de contratación ascendió a doce,9 millones de acciones.


Por tanto, la primera avalancha de pavor se limitó a apenas unas horas, y provocó unas pérdidas limitadísimas que fueron, en verdad, inferiores a las del día precedente.


Capítulo VI: Se agudiza la situación


El lunes veintiocho de octubre, Lunes Negro, volvieron las pérdidas a las bolsas estadounidenses con una intensidad ignota hasta ese momento. El volumen de contratación, de nueve con dos millones de acciones (de las que, tres millones en la última hora de sesión bursátil), fue inferior al del jueves veinticuatro, mas la caída fue considerablemente mayor y, además de esto, no se generó restauración al final de la jornada: el índice industrial de The New York Times descendió cuarenta y cinco puntos, por únicamente doce el jueves.


Nuevamente, los banqueros de Wall Street que se habían reunido la tarde del jueves se reunieron a lo largo de 2 horas para decidir la línea a proseguir. Tras revisar que la fiebre vendedora se había instalado en el mercado de forma irrefrenable, renunciaron a sostener el nivel de costes con nuevas aportaciones de fondos.


El martes veintinueve de octubre, Martes Negro, formó la jornada más trágica de la historia de las bolsas mundiales. Desde exactamente el mismo inicio del mercado, las órdenes de venta anegaron el mercado. El volumen de contratación rompió cualquier registro anterior: dieciseis con cuatro millones de acciones (conforme Galbraith, si se hubiese mantenido a lo largo de toda la jornada el ritmo de la primera media hora, al cabo del día se habrían negociado treinta y tres millones de títulos). Pese a ello, muchos valores de distintos campos económicos no hallaron comprador alguno, haciendo imposible desposar las órdenes de venta. El ticker, por su parte, acabó sus comunicaciones con un retraso de 2 horas y media sobre el cierre del mercado.


El índice industrial de The New York Times descendió cuarenta y tres puntos, un tanto menos que en la sesión precedente merced a una leve restauración al final de la jornada. Sin embargo, los peores resultados fueron cosechados por los trusts de inversión, ciertos cuales padecieron pérdidas superiores al cincuenta por ciento.


Los banqueros de Wall Street, a esta altura, no se proponían siquiera el mantenimiento de los costos de los valores, e inclusive corrió el rumor de que habían contribuido al caiga de la bolsa procediendo a ventas masivas de títulos.


El miércoles treinta de octubre se generó una fuerte restauración de la bolsa cuyas causas, conforme Galbraith, podrían estar en el anuncio (tal vez concertado) de ciertas empresas de que aumentarían sus dividendos. Sin embargo, estas ganancias fueron deficientes para compensar las pérdidas de los días precedentes. Dados los resultados cosechados en las últimas sesiones, y al agotamiento de trabajadores y también inversores tras unas jornadas furiosas, se propuso la posibilidad de cerrar la bolsa a lo largo de unos días.


Finalmente, el jueves treinta y uno se efectuó una sesión abreviada (3 horas) y el viernes y sábado Wall Street continuó cerrada. Salvo salvedades, las jornadas desde el lunes cuatro de noviembre fueron negativas.


Capítulo VII: Primera cosecha de consecuencias


Galbraith encara ahora el que es uno de los grandes mitos relacionados con el crac bursátil: los suicidios. Conforme las tasas oficiales, el número de suicidios en mil novecientos veintinueve no fue significativamente más elevado que en los años precedentes, aunque se sostuvo una leve tendencia en alza que se remontaba a mil novecientos veinticinco. Sin embargo, sí se generó un enorme incremento en mil novecientos treinta, mil novecientos treinta y uno y mil novecientos treinta y dos, que remitió desde mil novecientos treinta y tres. El creador considera la creencia de un incremento de los suicidios en mil novecientos veintinueve como un mito amparado por la enorme cobertura mediática que recibió en su instante, como por la relevancia que supuso el suicidio de ciertas esenciales figuras de las finanzas.


Asimismo, Galbraith comprueba de qué manera, tras generarse la quiebra bursátil, muchas compañías iniciaron investigaciones internas que descubrieron un gran número de estafas, eminentemente de empleados que usaban los fondos de la compañía para operar en nombre propio en el mercado.


El Gobierno de Herbert Hoover adoptó determinadas medidas para encarar la situación, eminentemente una rebaja fiscal. Galbraith crítica claramente estas medidas, a las que considera tímidas, deficientes y, a veces, destinadas más a satisfacer a la opinión pública que a conseguir resultados eficientes.


Durante el primer trimestre de mil novecientos treinta, las bolsas mostraron una fuerte restauración, mas más tarde se generó una caída sostenida hasta junio de mil novecientos treinta y dos. El ocho de julio de mil novecientos treinta y dos, el índice industrial de The New York Times se ubicaba en cincuenta y ocho (en frente de doscientos veinticuatro el trece de noviembre de mil novecientos veintinueve, y a cuatrocientos cincuenta y tres el trece de septiembre de mil novecientos veintinueve). Ese día, apenas se negociaron en Wall Street 720.000 títulos. Había comenzado la Gran Depresión.


Capítulo VIII: Segunda cosecha de consecuencias


Tras el crac de octubre de mil novecientos veintinueve, brotaron reputadas voces que negaron que se fuera a generar una depresión de la economía estadounidense, entre ellas las del presidente Herbert Hoover y de la Harvard Economic Society (HES), que reunía a ciertos primordiales economistas de la Universidad de Harvard. La HES sostuvo hasta octubre de mil novecientos treinta y uno, ya con la depresión muy avanzada, que la coyuntura económica mejoraría velozmente.


Asimismo, se efectuaron diferentes actividades para buscar responsables de la quiebra bursátil, con los responsables de Wall Street como primordiales acusados. Esenciales miembros de la bolsa debieron rendir cuentas frente a la justicia o bien las comisiones del Congreso de los U.S.A. .


Galbraith examina la trayectoria siguiente al crac de 3 de los primordiales miembros de las finanzas norteamericanas: Albert H. Wiggin, del Chase National Bank (el día de hoy una parte de JPMorgan Chase); Hables Y también. Mitchell, del National City Bank (predecesor del presente Citibank); y Richard Whitney, presidente de la Bolsa de la ciudad de Nueva York entre mil novecientos treinta y mil novecientos treinta y cinco.


No obstante, Galbraith apunta como primordial resultado de estas reflexiones sobre el funcionamiento del mercado bursátil la creación, en mil novecientos treinta y cuatro, de la Securities and Exchange Commission (SEC), que se encarga desde ese momento de observar el comportamiento de las bolsas estadounidenses.


Capítulo IX: Causa y efecto


Tras estudiar el desarrollo del crac bursátil de mil novecientos veintinueve, Galbraith se plantea estudiar hasta qué punto formó el origen de la Gran Depresión de los años treinta. El creador mantiene que la coyuntura económica en mil novecientos veintinueve, contra la opinión general, era excepcionalmente enclenque, y que el crac de la bolsa no fue más que el detonante de la situación.


En primer sitio, Galbraith rechaza, como explicación única del fenómeno especulativo de los años veinte que provocó el crac, las comodidades para conseguir crédito (primero, pues en otras ocasiones históricas ese crédito simple no desembocó en especulación, y segundo pues las clases de interés de mil novecientos veintiocho y mil novecientos veintinueve eran demasiado elevados para charlar de crédito simple). En cambio, apunta como causas más probables el sentimiento de confianza reinante en el país y el incremento de la tasa de ahorro de los inversores a lo largo de los años veinte.


Asimismo, rechaza las explicaciones frecuentes sobre el origen de la depresión (inevitabilidad de los ciclos económicos, con periodos sucesivos de expansión y contracción; agotamiento de los factores productivos a lo largo de los años 20; debilitamiento del consumo), y cuenta los 5 puntos enclenques de la economía en mil novecientos veintinueve que, a su juicio, provocaron la depresión:



  • Mala distribución de la renta: excesivo porcentaje (una tercera parte) de la renta nacional a cargo del cinco por ciento de la población más pudiente del país.
  • Inadecuada estructura de las sociedades anónimas: holdings y trusts, en vez de servir como factores de estabilidad, generaban incentivos malvados que favorecían la especulación en frente de la inversión en plantas productivas.


  • Pésima estructura bancaria: el sistema favorecía el surgimiento de efectos dominó que provocaban quiebras en cadena de las entidades.
  • Mala situación de la balanza de pagos: superávit exterior que se traduce en una situación acreedora frente al extranjero. Conforme el saldo positivo medra, los países deudores hallan cada vez más contrariedades para hacer en frente de los vencimientos, lo que se traduce en impagos.
  • Escasos conocimientos de economía por la parte de inversores, consejeros y autoridades.

En opinión del autor, en los años cincuenta (data de publicación de su estudio) estos puntos enclenques habían sido en gran medida anulados, mediante unos mayores poderes de la Reserva Federal y la SEC, una distribución de la renta más equitativa en los años que prosiguieron a la Segunda Guerra Mundial, una balanza de pagos más equilibrada y una mejor estructura de las compañías y el sistema bancario.


Del mismo modo, Galbraith alaba las mejoras del sistema de Norteamérica de protección social producidas tras la guerra (programas agrícolas que mantienen el nivel de gasto de los agricultores; ampliación de la cobertura por desempleo y de las pensiones, etcétera) y las considera elementos de estabilidad de la economía.


En conclusión, el creador estima que la probabilidad de un nuevo apogeo especulativo afín al de los años veinte era pequeña en los años cincuenta, y que, en el caso de generarse, sus efectos serían menores sobre la población.


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